La chica del banco

La chica del banco

Como tantas otras veces que visitó el pueblo de sus padres, se quedó mirando al banco de hierro forjado que coronaba una enorme roca que parecía colocada a conciencia al borde del acantilado, como si fuese retada día tras día a mantener el equilibrio para no precipitarse hacia el mar. Pero lo que le quitaba el sosiego era el mobiliario para sentarse, y las estrechas escaleras esculpidas en la dura roca para alcanzarlo. Su vista descendía desde el banco, pasando por cada peldaño hasta llegar a sus pies, quietos sobre plataformas de aluminio y entre dos ruedas.

No decía nada, solo se oía la brisa golpeando el acantilado, pero ella se escuchaba en su interior, los gritos de rabia hacían eco en su mente y peleaba contra ella misma para serenar sus ánimos. Tampoco lo conseguía.

--Señorita Ara, debemos irnos o llegará tarde al funeral -oyó decir tras ella-. Está a punto de comenzar.

--Lo sé, Bernardo. -La chica asió la rueda derecha y la hizo rodar para girarse y mirar de frente a su chófer-. Vámonos.

Hacía muchos años que no pisaba su pueblo, el de toda su familia, aquel lugar perdido junto al mar que vio cómo sus antepasados amasaban una ingente fortuna. Sus padres fueron los primeros en generaciones que decidieron vivir fuera de allí, y la señalaron a ella, su querida hija, como la culpable; y volver a pisarlo por una razón tan triste, y con la Navidad tan próxima, conseguía que su ánimo se hundiese un poco más.

El bueno de Bernardo la cogió en brazos y la sentó en el asiento trasero del viejo Rolls-Royce. Mientras plegaba y guardaba la silla en el maletero, Ara mantuvo la mirada fija en ese banco de hierro que parecía dirigirse desafiante a ella, burlándose de aquella muchacha impedida. Se miraron de forma mutua mientras el coche se alejaba de forma lenta por el camino sinuoso que los llevaría de regreso, primero al pueblo y, tras atravesarlo, a la centenaria mansión Kendal.

Todo el mundo la estaba esperando para comenzar el sepelio. El rostro de enfado del señor Kendal era más que evidente; por su parte la madre de Ara se encontraba perdida en su propio llanto. Bernardo la acomodó en su silla y la empujó lo más rápido que pudo hasta llegar a donde se encontraban los familiares, el sacerdote y el féretro.

--Podrías mostrar algo de respeto por tu abuela, ¿no te parece, Ara? -la reprendió su padre-. La gente mira.

--Ya poco importa, ¿no crees? -Alzó la vista y miró a su padre con descaro.

--Hablaremos después.

No faltó ni un solo habitante del pueblo al funeral. La señora Emily siempre fue muy querida en el pueblo, y eso fue algo que se ganó a pulso con el paso del tiempo y con todo lo que hizo por el pueblo y su gente: si el pueblo llegó a ser el paraíso, fue gracias a la señora.

Fue un acto muy hermoso, engalanado por cientos de flores y acompañado de cientos de mensajes que los vecinos fueron recitando y dejando en su sepulcro. Ara se limitó a abstraerse en sí misma y, en cuanto terminó, le indicó a Bernardo que la llevara a la mansión; lo único que deseaba era desaparecer de allí y refugiarse en la habitación en que se crio de pequeña.

Al final todo acabó incluso antes de lo que ella esperaba. Su querida abuela descansaba para siempre bajo la misma tierra que tanto amó. Todos los asistentes se fueron marchando uno tras otro, con cuentagotas: solo algunos se quedaron algo más para acompañar a la familia, pero ya dentro de la mansión, donde el servicio les había preparado té y pastas.

Ara pasó de todo el mundo; se excusó en el cansancio para desaparecer de ese salón lleno de rostros serios y conversaciones absurdas. Bernardo la acompañó hasta la habitación. Aquella casa debía de ser de las primeras de su época con un pequeño montacargas que sus abuelos hicieron instalar solo por ella.

--¿Necesita algo más, señorita? -preguntó Bernardo en la puerta.

--No, Bernardo, gracias por todo -le contestó Ara sin mirar mientras avanzaba con su silla hasta la ventana y oía cerrarse la puerta de la habitación tras de sí.

Ara observó a través del cristal la gran extensión de tierra que lo dominaba todo, pero su vista se posó en el mismo punto de siempre: la roca al borde del acantilado, y aunque sabía que la distancia hacía imposible divisar el pequeño banco, ella sabía que estaba allí, y sabía también que podía sentir cómo la chica lo miraba.

Las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear el tejado de la casa. Al mismo tiempo una lágrima cayó por la blanca mejilla de Ara, la siguió otra y luego otra más, hasta que un llanto inconsolable la desbordó por completo.

Lloró todo lo que necesitó sacar desde lo más profundo de su alma. Desde la ventana fue observando cómo se iban marchando las pocas personas que se quedaron en la casa. Llamó su atención que de los siete u ocho paraguas que desfilaron por el camino todos eran negros menos uno, que era de color blanco. Aguzó la vista para intentar discernir quién era, pero unos toques a la puerta la sobresaltaron.

--Señorita Ara, ¿está dormida? -Una voz cálida y llena de ternura se oyó del otro lado-. ¿Se encuentra bien?

--Puede pasar, señora Eulalia. -Ara contestó después de girar la silla hacia la puerta.

--¿Seguro que está bien, señorita Ara? -insistió la mujer regordeta, bajita y de una sonrisa contagiosa.

--Estoy bien, de verdad.

--Sus padres la esperan abajo -le dijo casi entre susurros-. El abogado va a abrir el sobre de la herencia de su abuela. No les haga esperar, están en el despacho de su abuelo, que Dios lo tenga en su gloria.

--Ya voy, ya voy -respondió Ara sonriendo y haciendo rodar las ruedas de la silla.

Su padre, su madre, el abogado y Ara. Nadie más. Así era su familia y así había sido generación tras generación: pocos miembros, a ser posible un solo descendiente. Esa era la rareza que a Ara siempre le fascinó por un lado, y detestó por el otro.

Miraba a sus padres. Sus rostros ya no eran los de hacía un rato, ya no parecían tensos, no reflejaban el dolor que se les suponía. Ara recordó la conversación que escuchó mientras viajaban en auto hacia el pueblo, cuando, como en otras ocasiones, se hizo la dormida para que no la molestasen. Sus pretensiones estaban claras: heredar, vender todo y regresar a la ciudad para no volver jamás. A ella no le pareció mal, aunque sí la invadió una extraña sensación de tristeza; no esperaba tal insensibilidad hacia la abuela.

--Señor y señora Kendal. Señorita Ara -comenzó a decir el abogado de la familia-. La difunta señora Emily Kendal dejó instrucciones precisas sobre la herencia, incluyendo un total secreto sobre su testamento. Sus últimas voluntades están en el interior de este sobre lacrado, contra el que no cabe reclamación alguna, ¿lo entienden?

--Lo entendemos a la perfección, señor Crane -habló el señor Kendal-. Continúe, por favor.

El abogado miró a la señora Kendal y a Ara y, solo cuando estas asintieron, cogió de la mesa el abrecartas y rasgó la solapa del sobre, rompiendo en dos el lacrado. Sacó de su interior una pequeña hoja manuscrita, dirigió la vista hacia la familia Kendal y comenzó a leer:

--Yo, Emily Kendal, nunca he sido de dar rodeos con las palabras, y ahora que ya no estoy en este mundo no voy a hacer una excepción. -La sutil carcajada que se le escapó a Ara hizo detenerse al abogado, con la consiguiente reprobación de sus padres-. Continúo. Es mi último deseo que todos mis bienes, todas mis posesiones, pasen desde este mismo instante a mi nieta Ara Kendal, y mi alma sabe que ella hará lo correcto como siempre lo ha hecho. Adiós. Y esto es todo, señores Kendal.

--¿Cómo? -El señor Kendal estaba perplejo con lo que acababa de oír-. ¿Está seguro de que pone eso?

--Completamente seguro -le respondió el señor Crane antes de continuar hablando, ahora dirigiendo su mirada hacia Ara-: Su hija es ahora la dueña de toda la fortuna de la señora Emily Kendal.

--Pero... pero... -La madre de Ara no esperaba escuchar aquello-. ¿Nuestra hija? ¿Puede hacer eso?

--Por supuesto que puede. Son sus últimas voluntades. -El abogado reafirmó sus palabras asintiendo con la cabeza.

--¿Yo? ¿Por qué yo? -Ara tomó conciencia tras unos segundos de que ahora todo aquello era suyo-. Yo no... no sé... no puedo...

--No te preocupes, hija. -El señor Kendal fue el primero que reaccionó al giro inesperado de los acontecimientos-. Tu madre y yo te aconsejaremos y te guiaremos.

--Señor, señora, señorita -dijo el señor Crane-, me marcho. Todo el papeleo llevará un par de semanas, por lo que pueden volver a la ciudad y yo les voy avisando; o bien, yo les aconsejo, pasen las navidades aquí y pónganse al tanto de todos los negocios y fincas de la difunta señora Emily.

--Así lo haremos, no se preocupe -le respondió inmediatamente el señor Kendal-. Aprovecharemos que estamos aquí para arreglar todo. Gracias.

* * *

Ara no pegó ojo en toda la noche. Nada más irse el abogado, picoteó algo en la cena, lo que el estómago y sus nervios le permitieron, y se refugió en la cama de su habitación. La velada transcurrió en el más absoluto silencio, pero sintió cómo se clavaban las miradas de sus padres en ella, y fue como si pudiese oír lo que pensaban y querían decir sin palabras. Todo aquello se le quedaba muy grande, ella no estaba preparada para tener semejante fortuna, no sabía ni si quería. Los pensamientos que se arremolinaban en su mente apenas la dejaron descansar un par de horas; por eso cuando la señora Eulalia vino a despertarla para que bajase a desayunar, ella estaba ya con los ojos bien abiertos.

* * *

--¿Cómo has dormido, cariño? -preguntó la señora Kendal a su hija cuando Bernardo colocó la silla de Ara frente a la mesa.

--No muy bien, mamá, apenas podía dormir.

--Es normal, hija, te han pasado muchas cosas en un solo día como para asimilarlas bien, pero no te preocupes, tu padre y yo estamos aquí para ayudarte -añadió su madre alargando el brazo para tomar la mano de su hija.

--¿Has pensado ya qué vas a hacer ahora que eres inmensamente rica? -El señor Kendal dejó a un lado el periódico y se unió a la conversación-. ¿Te encargarás de todas estas fincas?

--No lo sé, papá, lo cierto es que no tengo ni idea de qué hacer, aún no me lo creo.

--Tu madre y yo lo hemos hablado, y creemos que lo mejor es vender todo, olvidarse de este lugar y que vivas en la ciudad. Al menos ya no tendrás que preocuparte más por el dinero.

--¿Vender todo? ¿Todo esto? -Ara ya sabía que ese había sido su plan desde siempre, pero no estaba segura de que eso fuera lo correcto-. No creo que sea lo que hubiese querido la abuela...

--Eso ya no importa, cariño -habló su madre de nuevo-. Tu abuela ya no está, y seguro que estaría de acuerdo con lo que decidieras; ella sabría que sería lo mejor para ti.

--Tu madre y yo no podemos encargarnos de esto, tenemos nuestros trabajos en la ciudad -dijo su padre-. Incluso tú tienes tu trabajo allí, ¿o piensas ocuparte de tu revista desde aquí?

--No, supongo que no. -Ara giró la cabeza hacia la ventana por la que entraba un haz de luz-. Imagino que es lo mejor.

--Lo es, hija, no le des más vueltas. Hemos hablado con el señor Crane y él se encargará de todo, así que puedes estar tranquila.

* * *

Ara almorzó acompañada de Bernardo y Eulalia porque sus padres se habían quedado en el pueblo solucionando asuntos relativos a la herencia de la abuela Emily. No quiso decir nada de la intención de sus padres, y menos cuando al alzar la cabeza los veía sonrientes. Esas personas irradiaban auténtico cariño hacia ella, y era algo que no comprendía bien porque apenas la conocían.

--Eres la viva imagen de tu abuela -le dijo la señora Eulalia cuando le sirvió un pedazo de ese bizcocho tan rico que hacían en la panadería del pueblo.

--Gracias -fue la única palabra que consiguió articular.

--Es cierto, se parecen mucho -añadió Bernardo-. Por cierto, señorita Ara, ¿va a querer ir a algún sitio esta tarde, o guardo el auto en los garajes?

--Quisiera que me llevaras hasta la roca, Bernardo, si no es mucha molestia -le contestó Ara de forma amable.

--No es ninguna molestia, señorita Ara, solo tiene que decirme cuándo quiere que la lleve y lo haré encantado.

--Gracias, Bernardo.

* * *

--¿Desea la señorita que la suba hasta el banco? -le preguntó Bernardo cuando la bajó del coche y la sentó en su silla-. No me importa, de verdad.

--No, Bernardo, no hace falta, aquí me encuentro bien -le contestó ella mientras se acercaba a la valla que separaba tierra firme del abismo-. Vuelve a casa para ayudar a la señora Eulalia, necesito estar a solas un rato.

--Pero señorita...-Bernardo titubeó un instante-. Tengo órdenes expresas de no dejarla sola aquí.

--No me pasará nada, Bernardo. -Ara le sonrió y le contestó en un tono comprensivo-. Mis padres no se van a enterar, no te preocupes.

--De acuerdo, señorita Ara. -Al final accedió-. Llame a la casa cuando quiera que venga a recogerla, por favor.

--Lo haré, puedes irte tranquilo -le contestó guiñándole un ojo.

Ara observó de nuevo el banco. Por primera vez en su vida se encontraba allí sola, sin nadie más vigilándola. Pero aun así, la sensación que tenía era la misma de siempre, como si aquel estúpido banco la mirase con desprecio, como si se riera de ella en silencio, como si dijera que él siempre estaba en la cumbre, por encima de ella. Ara apretó los dientes con rabia.

Otros pensamientos comenzaron a recorrer su cabeza y disiparon su enfrentamiento silencioso con el banco. ¿Qué sería de Bernardo y Eulalia a partir de ahora? Llevaban prácticamente toda su vida allí y ahora tendrían que marcharse quién sabe adónde. ¿Y qué sería del pueblo sin toda la ayuda de la familia? ¿Y quién se quedaría con todo aquello? Su mente era un hervidero de dudas que no le permitió darse cuenta de que ya no estaba sola. Oyó una voz de hombre tras ella.

--No deberías acercarte tanto. Es peligroso -dijo el desconocido acompañante al acercarse hasta donde ella se encontraba.

--No te preocupes, la realidad es que la valla es más alta que yo... -le respondió en tono irónico y desafiante.

--Veo que no has cambiado nada, ¿eh? -Un hombre alto y de media melena rubia comenzó a reír frente a ella-. Hola, Ara.

--Perdona... ¿Nos conocemos? -preguntó, curiosa.

--¿Tanto he cambiado en estos años? -preguntó él con su sonrisa cautivadora.

--Pues debe de ser eso, porque no tengo ni idea de quién eres...

--Venga, terroncito, piensa un poco... -le dijo con guasa mientras clavaba los ojos bien fijos en ella.

--¿Terrón... qué? ¿Pero tú quién te has creído? -Ara comenzó a enfadarse con ese tipo que parecía ir de sobrado, hasta que un flash en su cabeza le trajo la respuesta-. Un momento... ¿Izan? ¿Eres tú?

--Je me rends à ses pieds, mademoiselle. -El chico hizo una reverencia propia del medievo.

--¡Vaya! Sí que has cambiado... -Ara comenzó a recordar a aquel chico, a ese muchacho que conoció siendo niña y al que no veía desde sus años de universidad-. ¿Y qué haces tú aquí?

--Vivo aquí, en este maravilloso pueblo.

--¿De verdad? -Ara parecía confusa-. Lo último que sé de ti es que ibas camino de ser abogado. Imaginé que vivirías en alguna gran ciudad.

--¿Y por qué? ¿Qué tiene de malo este lugar? -Izan se acercó a ella y le dio dos besos en las mejillas pillándola de improviso.

--Supongo que nada, pero yo no me veo viviendo aquí, y, sinceramente, no creo que nadie que quiera tener un futuro prometedor se quede aquí.

--¿Por eso te marchaste?

--Me marché porque mis padres se fueron en busca de un futuro mejor; y sí, yo también encontré mi trabajo y mi éxito lejos de aquí. En la ciudad siempre hay grandes oportunidades.

--Ah... Entiendo. Intentas decirme que los paletos no podemos tener éxito, ¿no?

--No he querido decir eso, claro que podrás tener éxito, pero supongo que teniendo una gran finca, unas importantes cosechas, el mejor pesquero o la mejor conservera del pueblo. -Ara intentó poner voz grave imitando a los rudos habitantes del pueblo, y lo que consiguió fue que Izan se echara a reír.

--Terroncito... definitivamente, no has cambiado nada... -le dijo otra vez, consciente de que la haría enfadar.

--No me llames así, sabes que nunca me gustó eso de terroncito -le contestó con una mezcla de enfado y burla.

--Me tengo que marchar ya. -Izan comenzó a andar hacia atrás alejándose de Ara-. Mañana a las nueve te espero en la dulcería, te invito a desayunar. Y no llegues tarde como siempre, ¿vale?

--¡Yo nunca llego tarde! ¡Y no pienso desayunar contigo! -gritó Ara, pero pareció no surtir efecto porque Izan se giró y siguió su camino como si no la hubiera oído-. ¿Me has oído?

--¡A las nueve en punto! -se reafirmó Izan mientras se iba alejando paso a paso.

--Pero... ¿Qué dulcería? ¡Yo no conozco el pueblo!

--¡Bernardo te llevará, y él lo sabe! -Levantó el brazo y se despidió moviendo su mano.

* * *

Bernardo la ayudó a subirse al coche y la llevó hasta casa. Poco antes de la cena llegaron sus padres. Parecían muy satisfechos con el día que habían tenido. Según ellos, el señor Crane había hecho grandes progresos con el asunto de la herencia, y si todo marchaba de igual forma podrían incluso pasar las navidades en la ciudad.

--Mañana por la mañana le diré a Bernardo que me baje al pueblo -dejó caer durante la cena.

--¿Al pueblo? -preguntó su padre-. ¿Para qué quieres ir al pueblo?

--Venga, cariño, le sentará bien salir a dar una vuelta y ver gente -añadió su madre poniéndose del lado de su hija por una vez-. Después podemos quedar todos allí y comer juntos en algún restaurante, ¿no te parece?

--No es mala idea. -El señor Kendal pareció convencerse del plan de su esposa-. ¿Tú qué dices, hija?

--Que, por una vez, creo que estamos de acuerdo los tres... -Una sonrisa burlona se le escapó-. Así puedo dar una vuelta y conocer el pueblo.

--Bien pensado, hija.

* * *

Aún faltaba casi una hora para las nueve. El Rolls avanzaba despacio por el sinuoso camino de grava que bajaba desde la finca de la señora Kendal hasta el pueblo. Ara miraba a ambos lados de la carretera: la extensión de tierra se perdía en el horizonte, todo cubierto por un manto verde y moteado con árboles de todo tipo. El lugar era muy hermoso, de eso no había duda alguna. Y entre tanta belleza, un pequeño pueblo que parecía estar abrazado por el paisaje que lo rodeaba. Bernardo sólo sabía que tenía que llevarla al pueblo, pero aún no le había dicho a qué lugar ni para qué.

--¿A qué lugar del pueblo quiere ir, señorita Ara? -El chófer pareció leerle el pensamiento.

--A la dulcería... -le contestó con voz tímida.

--Vaya, me sorprende que conozca la dulcería, señorita. -Bernardo sonrió mientras observaba la cara de Ara por el retrovisor-. Perdone mi indiscreción, pero ¿quién le ha hablado de ese establecimiento?

--No hay nada que perdonar, Bernardo. -Las mejillas de Ara comenzaron a sonrojarse-. He quedado con la persona que me lo dijo...

--El señorito Izan, supongo...

--¿Quién...? -Ara se quedó perpleja y en un primer momento pensó en mentir y negarlo, pero al ver por el espejo la mirada de su chófer se percató de que habría sido algo fútil-. Pues sí, Bernardo, he quedado con Izan a las nueve...

--Es un gran muchacho; al igual que usted, lo conocemos desde que era un mocoso y, de igual forma que usted, se ha convertido en una gran persona.

--¿Qué puedes contarme de él, Bernardo? -Ara se echó hacia adelante mostrando todo su interés en lo que pudiera contarle su chófer.

--Mejor se lo pregunta usted en persona... -contestó Bernardo deteniendo el vehículo frente a un local.

La Dulcería de Zoe. Así se llamaba realmente el local. Estaba construido por completo en madera, y con un bonito tejado a dos aguas cubierto por tejas de un intenso rojo. La fachada estaba pintada de celeste y decorada con pinturas de diferentes dulces y tazas de té y, a ambos lados de la puerta, dos grandes ventanales que hacían de escaparate al coqueto interior del establecimiento. Y junto a la puerta estaba él.

--Está bien, Bernardo, esta vez gana usted... -Ara sonrió y le dio un par de golpecitos en el hombro, antes de que el chófer se bajase del auto y sacase del maletero la silla de la señorita.

--Deja que te ayude, Bernardo. -Izan se apresuró a llegar hasta el coche y ayudar al chófer a sacar la silla.

--Muchas gracias, muchacho. -Bernardo abrió la puerta trasera y cogió en brazos a Ara para sentarla en la silla-. ¿Todo bien, señorita Ara?

--Todo bien, Bernardo. Muchas gracias. -Ara se sentía en deuda con ese hombre desde que tenía uso de razón.

--Cualquier cosa que necesite, me llama. -Bernardo se despidió de los dos y subió de nuevo al auto; tras ponerlo en marcha y echar a andar, desapareció a la vuelta de la esquina.

--Permítame, señorita Ara. -Izan habló en un tono tan galante como lleno de sarcasmo a la vez que abría y sujetaba la puerta de la dulcería para que ella accediera a su interior.

--Le estoy agradecida, gentil caballero. -Ara decidió seguir con el juego y le hizo una servil reverencia al pasar a su lado.

El interior del lugar la conquistó por completo: era como entrar en uno de aquellos cuentos que le contaba su abuela cuando solo contaba un par de años. Todo era de madera y los colores en tono pastel le daban al local cierto aire a casa de muñecas. Ara observó a su alrededor: en cada mesa había un macetero de color muy vivo del que emanaban flores de todo tipo como si fuesen fuentes de auténtica primavera, y alrededor de ellos la gente que abarrotaba el local hablaba y sonreía como si fuesen felices sin más. Más aún le llamó la atención la decoración de las paredes.

--He reservado la mesa de aquella esquina. -Izan la sacó del ensimismamiento señalando hacia una mesa pequeña que había junto al mostrador de pastelería-. Allí es donde está el tuyo...

--¿El mío? -Ara le lanzó una mirada interrogativa, pero la única respuesta que obtuvo fue que Izan se puso tras ella y comenzó a guiar la silla hasta la mesa.

Ara fue mirando los cuadros que colgaban de las paredes sin ningún tipo de orden, unos a más altura, otros a menos, algunos más grandes que otros; a veces se colaba alguno redondo u ovalado, incluso le pareció ver uno con forma de vaca. Todos eran dibujos hechos por niños.

--Bien, hemos llegado. -Izan acomodó la silla a la mesa y después se sentó al otro lado, donde podía ver de frente la cara que tenía su invitada-. ¿Lo has encontrado ya?

--No me lo puedo creer... -Ara miraba un pequeño cuadro con el marco rojo-. No tenía ni idea...

--En este pueblo casi todo es mágico, cada rincón guarda algo muy especial para alguno de sus habitantes.

--Pero yo no soy de este pueblo, ¿recuerdas? -contestó Ara mirándolo fijamente.

--Puede que lleves mucho tiempo sin vivir aquí, y que creas que ya no hay nada que te haga sentir de este lugar -le respondió Izan-. Pero algo me dice que te estás dando cuenta de que estás equivocada.

--¿Por un dibujo que hice siendo una mocosa? -Ara pareció ponerse a la defensiva-. Solo son garabatos que le hice a mi abuela.

--Cierto, pero seguro que recuerdas a la perfección cada detalle de ese día, ¿verdad? -Él tampoco se iba a dar por vencido.

--Siento decepcionarte, pero no, no lo recuerdo. -Ara dio por zanjada la conversación, ayudada por la camarera que llegó hasta ellos y les preguntó qué iban a tomar.

--Cuando desayunemos, te enseñaré el pueblo y te presentaré a sus maravillosos ciudadanos -sonrió Izan tras pedir un suculento y goloso desayuno.

* * *

Se dirigían a visitar el viejo edificio que albergaba el Ayuntamiento cuando en la puerta se encontraron con los padres de Ara, acompañados por el señor Crane y el alcalde.

--Buenos días, hija. -La primera en saludar fue la señora Kendal, que no pudo evitar fijarse en el apuesto hombre que la acompañaba y cuyo rostro le era tan familiar-. Te conozco, ¿verdad?

--Buenos días, señora Kendal. Soy Izan, el chaval que les llevaba el periódico cuando vivían en la mansión, ¿recuerda?

--¡Oh, qué sorpresa! Me alegro de verte tan bien, Izan. ¿Qué es de tu vida?

--Ahora es una persona muy importante en este pueblo. -El bonachón del alcalde no dejaba escapar una ocasión para presumir de alguno de sus conciudadanos-. Es, sin temor a equivocarme, el mejor abogado del país entero.

--Vaya, al parecer tiene aquí una dura competencia -añadió el señor Kendal dirigiéndose a su abogado y haciendo el ademán de presentarlos-. Izan, te presento al señor Crane. Este es Izan...

--Carter. -Izan estrechó con firmeza la mano del señor Crane-. Izan Louis Carter. Es un placer.

--¿Carter? -El señor Crane frunció el ceño mientras unía las piezas en su cabeza-. ¿Es usted I. L. Carter?

--Así es -sonrió Izan-. Nos van a disculpar, pero no queremos entretenerles, y su hija está deseosa de conocer el resto del pueblo, ¿verdad, Ara?

--Verdad, verdad -se apresuró a contestar la chica-. Nos vemos en casa después. Hasta luego, señor alcalde, ha sido un placer conocerle. Padre, madre, señor Crane, que lo paséis bien.

* * *

--Se rumorea que los Kendal quieren venderlo todo y marcharse de este pueblo... ¿Es cierto? -Izan fue directo al grano.

--Es lo que quieren mis padres -le contestó Ara sin mirarlo directamente a los ojos.

--¿También es lo que quieres tú?

--Poco importa eso. Haré como siempre, lo que mis padres consideren lo mejor para mí. Como ha sido durante toda mi vida. Y además, tengo mi propia empresa, la mejor revista de moda de la ciudad.

--Yo trabajo desde aquí, no es un imposible, y te recuerdo que todo lo que tenía aquí tu abuela ahora es tuyo, y solo tú puedes decidir sobre lo que hacer. -Izan parecía insistir en el tema.

--¿A qué viene tanto interés por que me quede? -Ara lo miró, decidida.

--Porque tu lugar está aquí, como en su día lo estuvo el de la señora Emily.

--Yo no soy mi abuela, este no es mi lugar, nunca lo fue y no hay casi nada que me ate a este pueblo -le contestó intentando parecer segura de lo que decía.

--¿Y ese casi? -Izan dejó otra vez al descubierto esos hoyuelos tan sexys que aparecían cada vez que sonreía-. ¿Qué tendría que pasar para que te quedases?

--Mira, estás de suerte, te lo voy a decir. -Ara captó todo el interés de su interlocutor-. Una vez, hace mucho tiempo, le dije a una persona qué era lo que más deseaba en este mundo, pero, por los azares de la vida, mi deseo no pudo realizarse.

--Aún hay tiempo, ¿no? -Izan la miró con ternura.

--Ya no, la ocasión se perdió, ya no tiene ningún sentido.

--Es una lástima, de verdad. -La tristeza pareció invadir el rostro del muchacho, pero algo no terminaba de encajar para Ara-. Bernardo te espera al otro lado de la calle, no le hagamos esperar. Ha sido un placer reencontrarme contigo.

--Gracias por todo, Izan. -Ara reclamó un abrazo estirando sus brazos y, tras unos segundos, se despidieron.

* * *

Comenzó a llover de forma suave. En esta ocasión sí que lamentó haberle dicho a Bernardo que quería estar sola; y, para más inri, su móvil se había quedado sin batería, por lo que tan solo le quedaba esperar que su chófer estuviese cerca al caer las primeras gotas y se acordase de ella.

La fuerza de la lluvia iba en aumento; Ara notaba cómo el agua se iba deslizando por su cabello y su ropa se iba empapando poco a poco, pero ella seguía como siempre, mirando a lo alto de la roca, luchando contra aquel banco con la única ayuda de sus ojos y su deseo. Sabía que posiblemente sería la última vez que estarían tan cerca el uno del otro, y no estaba segura de si para ella iba a ser un alivio o un castigo. Tarde o temprano tendría que volver. «Sí, es lo más probable», pensó.

Un escalofrío le hizo girar la silla hacia el camino. Alguien subía caminando por la cuesta, alguien del que solo podía ver el paraguas de color blanco que lo protegía de la lluvia, y recordó la imagen del día del entierro de su abuela. «¿Será la misma persona?», se preguntó. Solo podía ver una camisa, unos vaqueros desgastados y unas botas, pero estaba segura de saber quién era.

El rostro sonriente de Izan apareció bajo el paraguas cuando llegó hasta el lugar donde se encontraba Ara. Estaba sorprendida, pero en el fondo era como si lo esperase. El chico le tendió el paraguas y le indicó que lo cogiese con su mano. Así lo hizo ella, y justo entonces Izan pasó un brazo por debajo de sus rodillas, con el otro rodeó su cintura y, como si fuese una pluma, la alzó y la pegó a su pecho.

Ninguno dijo nada, simplemente ella se dejó llevar y él la subió en brazos, peldaño tras peldaño, mirándola a los ojos y sonriendo de felicidad, hasta que llegaron arriba y la dejó de forma suave sobre el húmedo banco de hierro. Izan se sentó a su lado, le apartó el pelo mojado de la cara y la besó.

--Así que te acordabas... -dijo en voz baja Ara mientras apoyaban sus frentes el uno contra el otro y permanecían con los ojos cerrados.

--Claro que sí -le respondió Izan acariciando su mejilla-. Jamás olvidé aquellas palabras que me dijiste el último día de universidad. No me las tomé muy en serio, pensé que serían fruto de alguna copa de más, pero no las olvidé. Lo que no esperaba era que tardases tantos años en volver...

--¿Y cuándo las comprendiste? -Ara abrió los ojos y lo miró, atenta.

--Cobraron sentido el día que ayudé a tu abuela a colgar el cuadro en La Dulcería de Zoe... Aquel dibujo de una niña en silla de ruedas, mirando un banco en lo alto del acantilado, me abrió los ojos.

--Sabía que tenías que ser tú...

Mi corazón será de quien me suba al cielo...

FIN

A votar...!!!