Miel que te quiero miel
Un relato para la Antología del Roja 2017

Miel que te quiero miel

Un relato romántico en el campo

       "Miel que te quiero miel" es el título del relato con el que participé en el I Certamen de relatos del "Roja 2017", un magnífico encuentro literario que se celebró en Jaén.
       Tuve la suerte de quedar entre los finalistas, y el relato aparece publicado en la Antología solidaria Roja, en beneficio de la A.E.C.C. Os animo, desde aquí, a conseguir el libro, ya que hay historias muy buenas en él. Yo, por mi parte, os dejo con mi pequeño granito de arena. Espero que os guste...


MIEL QUE TE QUIERO MIEL


—¿Y qué narices sé yo sobre olivos, aceitunas o aceite...? ¿O sobre eso que has dicho que se llama al...no sé qué?
—Almazara... Se dice almazara, Markus—le respondió su buen amigo Javier.
—Como se diga, yo no tengo ni idea y tampoco tengo muy claro por qué tengo que estar yo aquí.
—Muy sencillo, porque tu querido abuelo paterno era de aquí, y al morir te ha nombrado su único heredero; así de simple—su amigo siempre le decía las cosas sin tapujos, sin andarse con rodeos.
—Ya lo sé, y por eso le dije al abogado que lo pusiera todo en venta y que me enviase el cheque a casa... Eso... eso sí que era sencillo.
—Pues me temo, mein freund, que eso no va a ser posible. Tú estabas presente cuando leyó las últimas voluntades... Lo dejó bien clarito: Todas mis posesiones serán para mi nieto Marcos, con la única condición de que no pueda venderlas en un plazo mínimo de un año—Javier intentó imitar la voz ronca y autoritaria del abuelo de su amigo.
—Ya... Me he dado cuenta de que mi abuelito que en paz descanse, tenía mucho sentido del humor...
—¿Pero por qué te quejas tanto?—Javier lo miró con atención—. Acabas de convertirte en un gran agricultor...
—Muy gracioso, sí, muy gracioso—el rostro de Markus reflejaba una gran contrariedad—. Tengo que dejar mi cómoda vida en Berlín para volver al pueblo de mis abuelos, al que he venido tres veranos y el último fue hace casi veinte años; ¿y todo ello para qué? ¿De verdad crees que yo voy a gestionar todo esto teniendo mi empresa de software en Alemania?
—Tío, es tu herencia, tú sabrás lo que haces con ella, pero no son cuatro olivos, ¿eh?—Javier comenzó a reírse al ver la cara de su amigo.
—¡Dios! ¿Por dónde demonios es?—Markus detuvo el coche en un cruce con unos carteles de señalización tan desgastados que a algunos incluso les faltaba letras—. ¿Cómo se llamaba el pueblo? ¿Albu qué?
—Arbuniel, Markus, con erre—a Javier le seguía divirtiendo la situación—. Es por el de la derecha.
—Vale, gracias.

* * *

       Varias veces más se equivocó en los cruces, pero al final lograron llegar a su destino. Un arco de piedra les dio la bienvenida a la finca de los Valero. Comenzaba a ponerse el sol, pero aún pudieron observar la inmensidad del terreno, millares de olivos en hilera se perdían por el horizonte hasta donde la vista les alcanzaba.
—Es impresionante, ¿verdad?—dijo Javier dirigiéndose a su amigo.
—En eso tengo que darte la razón...—respondió Markus absorto en el paisaje teñido de verde oscuro—. Parece que jamás lleguemos a la casa.
       El viejo cortijo apareció ante ellos como una isla en un mar de olivos, y a la mente de Markus regresó un viejo recuerdo, una frase que siempre escuchó decir a su abuelo y a su padre y que hasta ese momento no comprendió: No hay nada más bello que el mar de Jaén...
       Había mucho movimiento alrededor del cortijo. Un gran trasiego de personas que iban y venían de aquí para allá, camiones pequeños y furgonetas que venían de diferentes caminos y se perdían detrás del cortijo, tractores y torillos mecánicos. No había duda de que estaban aún en jornada laboral. Detuvieron el coche frente al portón de entrada al cortijo y bajaron despacio, oteando a su alrededor sin saber muy bien qué debían hacer.
—Buenas tardes—oyeron una voz detrás que se dirigió a ellos—. ¿El señor Marcos Valero, supongo?
—Yo soy Markus, sí—contestó cerrando la puerta y acercándose a aquel hombre de avanzada edad—. Mi secretaria avisó de que llegaría hoy.
—Encantado, Markus—el hombre extendió su mano para estrechársela—. Me llamo Antonio, soy el Maestro Almazarero de la Finca Valero. Es un placer volver a verte después de tantos años.
—Igualmente, Antonio—estrechó aquella mano que estaba más fuerte de lo que parecía—. Este es mi amigo Javier, se ha prestado a hacerme de guía para llegar hasta aquí.
—Tenemos el placer de conocernos—respondió Antonio saludando también a Javier—. Su padre es un buen amigo.
—¿Qué tal, Antonio?—preguntó Javier—. Mucho jaleo, ¿no?
—Ya sabes lo que es esto por estas fechas, un no parar. Por favor, entrad en el cortijo, ahí está mi mujer, ella os dirá dónde dejar vuestras cosas, os instaláis y en un rato vendré a por vosotros y os enseño todo esto, ¿de acuerdo?
—Se instala el señorito nada más—añadió Javier riendo y dirigiéndose hasta la puerta del conductor—. Yo me tengo que ir ya, tengo tareas que me reclaman en casa.
—De acuerdo, Antonio—le respondió Markus despidiéndose antes de abrir la puerta del maletero y sacar sus maletas—. Y tú, cuida bien de mi coche, ¿eh?
                                                                                * * *
       La casa era enorme, un viejo cortijo centenario que había sido de los Valero desde siempre, una de las familias más queridas y respetadas de todo Jaén. Su abuelo fue una persona muy querida y respetada en todas partes, y eso era algo que a Markus le llenaba de orgullo, pero también le causaba cierta intranquilidad porque sus intenciones eran vender cuanto antes todo aquello y volver a su querida Berlín.
                                                                                * * *
       Markus dejó que Antonio le fuera mostrando el viejo cortijo, todos sus recovecos, un viejo granero incluso, pero lo que llamó su atención fue todo lo que había detrás. Un gran almacén donde se encontraba la almazara y que sin duda era el centro de todo aquel universo. Los camiones descargaban incesantemente kilos y kilos de aceitunas, las torvas y las cintas las iban transportando hacia su trágico final. El olor atrapó a Markus, ese olor fuerte pero atrayente que lo envolvió al pasar junto a las aceitunas molidas. La cantidad de maquinaria sorprendió a Markus, desde luego no se había imaginado nunca que aquello sería así, y distaba mucho de lo que vagamente recordaba.
—¿Ha cambiado bastante, verdad?—Antonio se dirigió a un Markus al verlo tan interesado en cada pieza de la maquinaria—. Tu abuelo y tu padre comenzaron en este mundo de otra forma bien distinta.
—Creo recordar algo, pero todo esto no estaba aquí, ¿verdad?—respondió Markus mirándolo exhortativamente—. Antes se hacía en el cortijo...
—Así es, muchacho. Cuando eras un crio todavía estaban las viejas piedras de moler, y la almazara era parte de la casa y el granero—Antonio evocaba aquellos años como si hubieran sido los mejores de su vida—. Entonces sí que se trabajaba duro, pero merecía la pena, muchacho, vaya que si merecía.
—Modernizarse o morir, ¿no?
—Así es, Markus, no queda otra opción. Me han comentado que tienes tu propia empresa en Alemania.
—Exacto, una empresa de software para empresas.
—Cosas de ordenadores, ¿no?—la pregunta de Antonio dejaba evidencia que aquel no era su fuerte y que él pertenecía a otra época.
—Más o menos.
       Antonio terminó de enseñarle la almazara y el funcionamiento de todo hasta llegar al ansiado tesoro, aquel líquido mezcla color verde y dorado al que el viejo almazarero se refería como oro líquido. La pasión y el amor por todo aquello que vio en Antonio le recordó a su abuelo y a su padre, pero definitivamente creyó convencerse de que él no estaba hecho de la misma pasta. Poco después se despidieron.
—Mañana cuando te levantes—le dijo el Maestro Almazarero—. Coge uno de los coches de ahí afuera y ve a dar una vuelta por tu finca. Yo tengo que salir, pero si sigues el camino de gravilla blanca llegarás a la zona que queda por recoger. Pregunta por la encargada, ella te explicará lo que quieras saber. A la noche te veré.
—Muchas gracias, Antonio, así lo haré. Nos vemos mañana al anochecer—Markus se despidió, entró en el cortijo, y tras picotear de todo lo que sacó la esposa de Antonio, se fue a descansar a su habitación.
                                                                                * * *
       Markus madrugó, incluso más de lo que acostumbraba en casa. No quería parecer el típico dueño que no hace nada más que pasearse y no dar palo al agua, y además, quería recorrer la finca. Pensó hacer caso de las indicaciones de Antonio y dirigirse hacia donde estaban recolectando. Buscó en su maleta algo de ropa con la que ir lo más normal considerando el lugar donde estaba, pero pronto se dio cuenta que aun así, desentonaba.
        Bajó a la cocina y allí se encontró con la mujer de Antonio. Un delicioso aroma a café recién hecho inundaba la estancia.
—Buenos días, Marcos-saludó la sonriente mujer mientras sostenía en una mano la cafetera y en la otra una taza—. ¿Puedo llamarte Marcos, o hay que decirlo en alemán?
—Oh, no, no-Markus sonrió—. Puede llamarme como usted quiera, es que a veces se me hace raro escuchar lo de Marcos. En Alemania todo el mundo me dice Markus.
—Pues como estamos en Jaén, en España, yo te llamaré como te puso tu madre—le devolvió la sonrisa a la vez que levantaba un poco la cafetera en señal de ofrecimiento—. Y no me llames de usted, por favor. Asunción a secas.
—Muy bien, Asunción. Trato hecho, y sí, me encantaría probar ese café; huele tan bien que parece llamarme...
—Ahora mismo. ¿Un terrón o dos?—preguntó la mujer al llenarle la taza.
—¿Un qué?—Markus la miraba fijamente, como si pudiera adivinar en su mente de lo que estaba hablándole.
—Has pasado demasiado tiempo fuera de aquí, ¿eh?—Asunción le llevó la taza a la mesa y se acercó a la alacena a por un cuenco pequeño de barro que colocó a junto a la taza, sacando una sonrisa del muchacho en cuanto vio lo que contenía—. Te los comías a puñados cuando eras un crío.
—Dios... No recordaba ya los terrones de azúcar—Markus cogió uno con sus dedos—. Pensaba que ya ni existían, la verdad...
—Qué pronto olvidáis los jóvenes las cosas buenas de antes...—le contestó Asunción de forma que a Markus le sonó casi a reprimenda—. Por cierto, mi Antonio ha dicho que cojas el coche de la entrada, que las llaves están puestas.
—Ah, pues gracias. Está en todo tu marido, ¿eh?
—Es muy apañao, la verdad.
                                                                              * * *
        Markus salió a la calle. Hacía algo de frio y la claridad ya comenzaba a invadirlo todo. Miró el que sería su medio de transporte aquella mañana, y hasta dudó de si sería capaz de conducirlo. Aquel coche debía tener su edad, si no más. El viejo y bastante destartalado Renault 4L del color desgastado de la aceituna, parecía retarle a dar una vuelta en él.
        Le costó unos minutos y que el coche se calase media docena de veces, acostumbrarse de nuevo a eso del cambio manual, a las cuatro marchas, a no tener dirección asistida, y unos asientos duros, incómodos, y cubiertos por unas jarapas raídas que seguramente tendrían casi la misma edad que el coche. Pero lo consiguió, al final dejó atrás el cortijo y las risas veladas de todo aquel que presenció el espectáculo.
         Avanzó despacio y entre pequeños saltos y baches por un camino que se adentraba entre los olivos. Su principal objetivo era encontrar cualquier signo de vida humana; por alguna parte debían estar recolectando, y por tanto debía haber vehículos y personas. Y así fue, al fin llegó a un pequeño anchurón donde había un camión y un par de furgonetas. Por allí cerca debían estar.         Aparcó el 4L y se bajó. Echó a andar hacia unas voces que se escuchaban no muy lejos de allí. Se acercó a un pequeño grupo que se encontraba alrededor de un olivo. Se quedó un poco sorprendido al principio, esperaba otra cosa después de haber consultado en Google las maquinarias vibratorias y diferentes artilugios para la recolección; pero no, aquellas personas deslizaban sus manos por las ramas arrancando las olivas casi una a una, y debajo del árbol unos telones oscuros cubrían el suelo y recogían todo lo que caía.
—Buenos días—dijo al llegar junto a los trabajadores.
—¡Buen día!—contestó uno de los jornaleros.
—Busco a la encargada, Antonio me ha dicho que estaría por aquí.
—Pues por ahí viene, joven—el hombre señaló hacía una muchacha que se acercaba a ellos.
—Buenos días—Markus saludó a la chica cuando estaba a un par de metros de él—. Busco a la encargada.
—Yo soy la encargada—se quedó mirando con mucha atención a aquel hombre de ojos marrón claro que tenía frente a ella—. Muy guapo te has venido tú para currar... No sé quién te habrá contratado ni por qué, pero te voy a exigir como a los demás. Me llamo Alba. Quédate con esta colla, ellos te dirán lo que tienes que hacer y cómo hacerlo, ¿vale?
—Yo... Yo...—Markus no acertó a vocalizar nada más.
         Se quedó embobado con lo que veían sus ojos. Ante sí tenía una mujer con unos ojos tan verdes como las hojas de los olivos, con las mejillas sonrojadas por el helor de la mañana, vestida con un mono de color azul y con el cabello recogido tras un pañuelo. Aquel rostro le resultó familiar, pero no supo adivinar la razón, ni tuvo tiempo a preguntar o a decir algo más porque sin saber cómo, la chica se había marchado y él estaba trabajando como uno más.
                                                                                   * * *
         Ni Markus sabía cómo había conseguido terminar la jornada, y menos por qué no había dicho quién era o haberse largado de allí cuando hubiese querido; pero no, no lo hizo, aguantó como se esperaba de un buen jornalero, no iba a dar motivos para que nadie lo llamase vago, pero él sabía que la verdadera razón de darse aquella paliza fue querer volver a ver a aquella mujer.
         Cada dos por tres miraba hacia el camino con la esperanza de verla aparecer, pero no tuvo suerte, ni a la hora del almuerzo, que todos compartieron solidariamente con él, ni por la tarde; la jornada terminó, recogieron sus cosas y se dispusieron a marcharse. Él, amable, se ofreció a llevar a algunos de los jornaleros en el coche, lo que levantó algo de sospecha en ellos al ver que se trataba de uno de los vehículos de la finca; pero nadie dijo ni preguntó nada.
        Cuando se bajó del coche le dolía cada articulación del cuerpo, no estaba ya acostumbrado a tanto esfuerzo físico, y parecía que le habían dado golpes por todas partes. Entró en la cocina buscando algo fresquito para calmar la sed, y allí se encontró con Antonio y su esposa, que al verlo entrar se quedaron extrañados de la cara de cansancio que llevaba.
—Buenas tardes, Markus—saludó Antonio—. ¿Estás bien? Parece que hubieras visto un fantasma.
—Ojalá fuera eso—Markus resopló, hasta él mismo juraría que le faltaba el aliento—. Un vaso de agua, por favor, o lo que sea que pueda beberse.
—Claro que sí—Asunción cogió el botijo y se lo acercó. Markus se quedó mirándolo extrañado, a lo que la mujer reaccionó rápidamente—. ¿Prefieres en vaso?
—Sí, si no te importa, Asunción. Recuerda que soy un señorito de ciudad, como decís por aquí, ¿no?—Markus sonrió al ver a Asunción echarse a reír mientras iba a por un vaso.
—¿Qué te ha pasado?—preguntó Antonio—. ¿Dónde has estado todo el día?
—Pues aunque no lo creas, trabajando en la finca...
—¿Cómo dices?—Antonio se extrañó por aquella respuesta.
—Que llegué, saludé, apareció la encargada, me puso a trabajar con la colla que allí había, y ya no regresó. Y como no sé decir que no, el resto te lo puedes imaginar—Markus se señaló a sí mismo mostrando las evidencias en su ropa y en su rostro.
         Antonio y Asunción se miraron de forma automática y no pudieron evitar echarse a reír ante la cara de incredulidad de Markus, que los miraba sin entender nada.
—Me vais a perdonar... pero no lo he pillado...—dijo mirando con ojos entrecerrados al matrimonio.
—Te has encontrado con Alba, ¿no?—le preguntó Asunción.
—Sí, por poco tiempo, pero sí.
—¿No la recuerdas?—la pregunta ahora venía por parte de Antonio—.Tampoco os lleváis tantos años.
—¿A Alba?—Markus estaba intrigado ya—. ¿Se supone que debo conocerla?
—Y tanto...—Asunción sonrió—. Cada verano que viniste no os separabais ni un minuto...
—Un momento...—las piezas empezaron a encajar en la cabeza del muchacho—. ¿Albi? ¿Albita? ¿Es ella?
—Claro, Marcos, nuestra hija Alba—Asunción le confirmó orgullosa de su niña—. Está muy cambiada, pero a mejor, ¿verdad?
—¡Y tanto que sí!—Markus se ruborizó al darse cuenta de su efusivo comentario, e intentó salir del paso de la mejor forma posible—. Ha crecido muy guapa, pero es de esperar, ¿no? No hay más que ver a su madre...
—¿Entonces nuestra niña te ha puesto a trabajar?—Antonio no era capaz de dejar de reír.
—Lo cierto es que no recuerdo que de pequeña tuviera tanto carácter y sobre todo,  tanta dote de mando...—Markus sonrió y decidió guardarse para sí la parte en la que poco más que menos había quedado hipnotizado nada más verla—. Pero sí, no he podido evitar terminar echando la jornada con los demás.
—Mañana dile quién eres—le dijo Asunción—. Nosotros no le hemos dicho que habías vuelto, y con lo cambiado que estás tú también, ella tampoco te ha reconocido. A menos que prefieras trabajar, claro...
—Eso—Antonio no podía dejar de reír—. Como no le digas que en realidad el jefe eres tú, esa te hace trabajar de sol a sol.
—Yo no soy el jefe—esa palabra no la usaba ni en su propia empresa.
—Ahora eres el dueño de todo esto, no lo olvides.
—No lo olvido—respondió resignado—. Me vais a disculpar pero estoy tan cansado que necesito la cama ya...
—¿Ya? ¿Tan pronto?—preguntó la mujer de Antonio—. ¿No piensas cenar?
—No tengo ni hambre, Asunción—Markus se levantó de la silla—. Prefiero descansar y levantarme bien mañana. Muchas gracias por todo. A los dos.
—Que descanses, Markus.
                                                                              * * *
        Aquella noche soñó con ella. A medida que en sus sueños iba prestando atención a los detalles, fue encontrando las similitudes con la Alba que él conocía desde pequeño. Sobre todo sus pupilas, no entendió cómo no se dio cuenta de que aquel color de ojos no había cambiado en todos esos años. En realidad tampoco cambió aquella carita de niña dulce, tan solo se había ocultado tras una máscara de chica dura y autoritaria.
         Sus sueños se mezclaron con los últimos recuerdos que conservaba de aquella chica. Se dio cuenta de que en su mente aún se escondía en un lugar profundo un pensamiento, una frase que debió decir cuando eran adolescentes pero que se quedó acallada en su interior. Aquella noche sus cuerdas vocales debieron tocar las notas adecuadas para que la melodía que se escuchase fuese un te quiero, pero todo quedó en silencio y el adiós se adueñó de aquel momento.
          Despertó con la imagen de Alba y sus preciosos ojos verdes clavados en su mente. ¿Qué le estaba pasando?. ¿Por qué de repente solo podía pensar en aquella chica del pasado?. ¿Por qué se cuestionaba ahora la elección que tomó al irse a estudiar fuera?. Demasiadas preguntas para sí mismo, muy temprano para comerse el coco, se dijo finalmente, pero la realidad es que se moría de ganas por verla de nuevo.

—Buenos días, Asunción—saludó de forma alegre y jovial en cuanto entró a la cocina.
—Buenos días, Marcos. ¿Has descansado?—preguntó mientras se acercaba a la mesa cafetera en mano—. ¿Un café?
—Sí, por favor—agradeció Markus sentándose a la mesa—. He dormido del tirón por el cansancio. ¿Ya se ha ido tu Antonio?
—Él siempre madruga mucho, es el primero en salir, siempre tiene mucho trabajo—le dijo mientras le llenaba una buena taza de café—. Creo que hoy tenía que pasar por la finca donde está nuestra hija; si vas por allí puede que te los encuentres a los dos.
—Ahora me acercaré, hoy sí que pretendo ver la finca—sonrió al recordar la jornada anterior, sacando otra sonrisa a Asunción.
                                                                          * * *
        Intuía que no faltaba mucho para llegar al lugar donde estuvo el día anterior cuando el coche comenzó a tironear hasta que el motor se detuvo y ya no quiso volver a arrancar por más veces que Markus lo intentó. Optó por bajar, echar un vistazo bajo al capó y tomar conciencia de que no tenía absoluta idea de mecánica.

        Dejó el coche en medio del camino y continuó a pie con la esperanza de que su sentido de la orientación estuviese en lo cierto y no faltase mucho para llegar a su destino. Pasada la primera hora asumió que se había perdido y tendría que optar por decidir entre si seguir adelante o volver hasta el coche y esperar que alguien le rescatase.
        Markus se sentó en una roca que había al lado del camino para descansar y meditar su decisión. Escuchó algo a lo lejos, en la misma dirección a la que él se dirigía. Aguantó la respiración y se quedó muy quieto para prestar más atención. Sin duda era algún tipo de vehículo a motor. Estaba expectante, su salvador se acercaba cada vez más.
         A los pocos minutos una pick up se detuvo a su lado y bajó la ventanilla. La sorpresa para Markus fue mayúscula: no era su salvador, sino su salvadora. Allí tenía a Alba, con el antebrazo apoyado en la puerta y mirándolo fijamente con aquellos hermosos ojos verdes que parecían traspasarlo, pero en esa ocasión el gesto de su rostro era diferente, estaba más tranquila y habría jurado que hasta se la notaba algo ruborizada.
—Buenos días—saludó en voz baja la chica.
—Buenos días—respondió Markus—. ¡No sabes cómo me alegro de verte!
—¿Te alegras? ¿Y eso? ¿Acaso tenías ganas de verme?—dijo Alba en tono inquisidor—. ¿Por casualidad quieres decirme algo?
—Eh... No, no, me refería a que menos mal que pasa alguien...—comenzó a ponerse nervioso en cuanto notó que volvía a ser la chica autoritaria—. Que me daba igual que fueras tú, o no, eso... ya sabes, que me he quedado tirado y...
—¡Ah! O sea, que no querías verme... Vale, vale, ya entiendo.
—¡No! ¡No! ¡Yo no he dicho eso! Deja de liar las cosas, por favor.
—¿Encima soy yo la que lía las cosas?—Alba abrió la puerta y bajó de la pick up—. ¿Qué problema tienes conmigo?
—¿Pero qué dices?—Markus ya no sabía ni qué decir ni cómo actuar—. En serio, me estás rayando.
—Que estoy de broma, hombre...—Alba sonrió y relajó su tono—. Hola, Marcos.
—Ho, hola...—Markus la miró entrecerrando los ojos como si no se fiase mucho de aquel repentino cambio de actitud.
—Mi padre me ha dicho que estabas por aquí, y me ha comentado lo de ayer...-soltó una pequeña carcajada—. ¿Pero por qué no me dijiste nada?
—Pues... Porque tampoco tuve oportunidad...—Markus se encogió de hombros al contestar.
—Te has hecho mayor y te has vuelto tonto... ¡Hola, Marquitos!—Alba se adelantó un par de pasos y le estrechó con sus brazos—. ¡Cuánto tiempo!
—¡Joder! Ya empezaba a preocuparme—suspiró profundo mientras se dejaba abrazar—. Ya te vale...
—Sigues siendo un inocentón...—Alba se separó un poco de él—. Aunque eso sí, has crecido muy pero que muy bien, y sigues teniendo unos ojos muy bonitos...
—Para ojos preciosos, los tuyos...—se le escapó sin querer a Markus—. Quiero decir que estás muy guapa, Alba.
—Ya lo sé...—le contestó dando unos pasos atrás—. Venga, sube, te voy a enseñar todo lo que ahora es tuyo.
—De acuerdo... Creo que la guía es buena...
—Buena no... ¡La mejor!
        Alba le mostró a Markus la mayor parte de la finca, haciendo especial hincapié en las zonas más exclusivas, explicándole el funcionamiento de casi todo, y el muchacho le prestó toda la atención que pudo; le encantó escucharla hablar de olivos, aceite, almazaras, riegos, tractores, con tanta pasión que parecía que amaba todo aquello y que allí era muy feliz.
—Alba...—dijo Markus mirándola mientras conducía.
—Dime.
—¿Nunca has querido irte de aquí? Me refiero del pueblo, del campo.
—Claro que sí—Alba lo miró de reojo y sonrió—. Y me fui. Me largué a la ciudad y estudié la carrera de Empresariales.
—¿Y entonces qué haces aquí?—preguntó Markus extrañado—. ¿Por qué no has buscado trabajo en lo tuyo?
—Lo busqué y lo encontré. Trabajé un año para una multinacional, ganaba mucho dinero y vivía estresada veinticinco horas al día... pero tenía algo dentro de mí que me decía que aquella no era la vida que quería, y entonces decidí volverme y trabajar aquí junto a mis padres.
—¿Dejas una multinacional para venirte a trabajar en el campo?—a Markus le costaba entenderlo.
—Dejé una vida que no me hacía feliz para vivir otra que me llena; ¿eso es malo...?
—¿Eh? No, claro que no... Pero no creo que sea tan sencillo de entender.
—Dime, Markus...—Alba detuvo el coche y lo miró fijamente—. ¿Nunca has imaginado cómo hubiera sido tu vida si no te hubieses ido o si hubieras vuelto?
—Lo cierto es que hasta anoche no me había hecho esa pregunta...—los ojos de aquella mujer tenían algo que lo volvían loco.
—¿Anoche?—Alba sintió curiosidad—. ¿Qué te pasó anoche?
—Que recordé viejos tiempos y soñé con lo que hubiera pasado si...
—¿Si qué...?
—Nada, nada, ya sabes que los sueños sueños son, ¿no?
—Algunos se cumplen...—Alba reinició la marcha—. Te voy a llevar a un sitio muy especial, a ver si lo recuerdas.
—Vale, tú mandas.
                                                                              * * *
         Tras un rato conduciendo entre olivos, el coche comenzó a ascender por un camino empinado que subía hasta arriba de una colina. Alba detuvo el coche, paró el motor y bajó. Markus hizo lo mismo, sin quitar la vista de un enorme olivo que había en la cumbre, rodeado de un pequeño muro de piedra y bajo el que había un banco de madera. Entonces recordó aquel lugar.
—¿Recuerdas este sitio?—preguntó Alba sentándose en el banco—. Lo único que no recordarás es el murito de piedra y este banco, son de hace poco tiempo.
—Claro que me acuerdo...—Markus miró hacia arriba—. Es el primer olivo que plantaron mis antepasados.
—¿Y no recuerdas nada más?—preguntó ella, haciendo que la atención del chico volviera.
—Claro...—Markus la miró a los ojos—. Aquí nos despedimos la última vez...
—Buena memoria...—Alba se incorporó y se acercó a él—. A mí tampoco se me ha olvidado... Me debes dos palabras y un beso...
—¿Cómo?—estaba sorprendido, no esperaba aquella situación.
—¿Recuerdas que siempre me decías que mis ojos eran muy bonitos? ¿Cuándo te preguntaba qué te parecían mis ojos? ¿Qué me respondías?—Alba se dio cuenta de que lo recordaba porque vio cómo se le escapaba una sonrisa.
—Verde que te quiero verde...
—Sabía que no te olvidarías... y sé que en el fondo no ha cambiado nada...—Alba pegó su cuerpo al de él, dejando sus rostros apenas a un palmo de distancia—. Ahora quiero esas dos palabras y el beso...
—Te quiero...—esta vez no dudó en decirlo, y acercó sus labios a los de ella para fundirse en un beso tan dulce como apasionado.
—La espera ha merecido la pena...—Alba lo miró tras el beso—. Me encantan tus ojos, Marcos. Son preciosos...
—Gracias...—Markus la miró sonriendo—. Y dime, ¿qué te parecen mis ojos...?
—Miel que te quiero miel...


                                                                             FIN


Damián Flores

”Hermoso relato, pinta un cuadro hermoso, el regreso y el encuentro de nuevo con el amor. Muy realista muy tierno...Felicitaciones

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