Lectores como colores
(Experiencia)

Lectores como colores...

Experiencia de librero...

 En este mundo hay tantos lectores como motivaciones que arrastran a estos para decidirse por llevarse a casa un libro u otro. Por unas semanas he podido disfrutar - y digo disfrutar porque me ha parecido más un regalo que un empleo - del noble trabajo de ser librero, del contacto directo con los lectores, pero desde otro punto de vista que no es el del escritor.

He visto casi de todo, he conversado con muchas personas, y he tratado de hacer una especie de catalogación del lector o no lector que se acerca a ver, tocar, hurgar, y quién sabe, llevarse unos libros a casa. Así pues, a grandes rasgos agrupo a los lectores en cinco grupos:

- Aquellos que compran por necesidad, porque les hace falta para su vida diaria. En este grupo incluyo a estudiantes, abogados, profesores, tarotistas, fotógrafos, etc.

- Los que compran con plena intención, para ellos, los que realmente son apasionados de la lectura. Suelen leer de todo, se llevan varios libros de una tacada y a los dos o tres días vuelven a por más.

- Compradores impulsivos. Aquellos que son lectores pero a la vez buscan únicamente algo que les guste, libros que les apetece leer, les ha llamado la atención o lo han escuchado recomendar. Estos lectores son los que se dejan llevar por las portadas y/o sinopsis, por las listas de ventas de periódicos, revistas o internet; por todo lo que lleve el adjetivo best seller o por la recomendación de su mejor amigo.

- Después están los que denomino buscadores de libros-objeto, quienes buscan un libro para regalárselo a alguien o incluso como mero elemento decorativo (sí, como lees, y más adelante pondré un ejemplo)

- Los que pasaban por allí y se fijan en los libros de ocasión. A este tipo de lector le atrae en ocasiones el precio, la antigüedad del libro o lo raro de esa edición. Son personas que ya lo han leído pero que quieren tenerlo, otra vez; aunque sea repe.

Como ya he dicho, se ve de todo y se trata con gente muy diversa cuando uno está detrás del mostrador. He disfrutado mucho hablando de libros, de autores, de géneros, de editoriales y de todo, con los clientes; me he sentido orgulloso de aquellos que se dejaban guiar ciegamente por el criterio del librero - en este caso, yo -.

He visto a clientes que han llegado, han echado un vistazo rápido, han escogido un libro - yo diría que al azar - y al pagarlo han reconocido tan tranquilos que no leen y seguramente ni lo abrirán, pero les apetecía comprarlo.

Un señor que venía preguntando por un calendario zaragozano y acabó llevándose una veintena de libros de Julio Verne, o la que vino buscando el último libro de Megan Maxwell y se llevó una docena de novelas de Nora Roberts.

He conocido a ese hombre que se pone a juntar monedas de cinco céntimos y ve que no le llega para comprar a sus hijos un par de libros de colorear y pegatinas que cuestan dos euros y al que acabas por ponerle los 36 céntimos que le faltan para que los niños se vayan contentos y el padre agradecido.

He visto como una señora se llevaba un Quijote porque el dibujo de portada era como un cuadro y quedaría muy bonito en la vitrina de la salita.

He fruncido el ceño al ver lectores que creían saberlo todo y pensaban que su criterio era el mejor para discernir quién es mejor, si Christie o Hesse.

He observado atónito cómo un chaval se acercaba corriendo a los libros infantiles para pedir a su papi un libro de los Cars, y este le decía que si no prefería mejor una hamburguesa...

Me ha cautivado una lectora entrada en años que había leído cientos de libros - y se notaba porque los conocía al dedillo - pero que confundía a todos los autores.

He mirado con cariño a los abuelos que se acercaban buscando comics de El Jabato o El Capitán Trueno y te decían que a pesar de los años, seguían coleccionándolos.

Y he sonreído cuando una madre ha venido preguntándome si tenía un libro que le había pedido su chiquilla, «un me enamora en once semanas, te amo en semanas o algo así», y cuando le contestaba que claro que sí, y que podía llevárselo dedicado porque el autor era yo, la sorprendida era la señora, pero al segundo ya estaba diciéndome «Mariola, mi niña se llama Mariola, que qué ilusión le iba a hacer».

Hay lectores para todos los gustos y colores, de todo tipo, con sus rarezas, sus extravagancias, sus manías, llamémosles como queramos. Supongo que a los escritores nos pasa lo mismo.

Lo que sí puedo asegurar es que sin ellos, los que escribimos, no seríamos nada.

Un hurra por esos lectores y esas lectoras.

                                                                                                                                    Fran Cazorla, escritor.

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