Historia de una dedicatoria
La de "El Reloj"...

      Historia de una dedicatoria

      ¿Habéis amado de verdad alguna vez? ¿Amado de verdad a una persona? ¿Tanto como para hacer cualquier cosa? Yo diría que sí, hasta la persona más extraña ha tenido que amar de verdad en algún momento de su vida.

      Os voy a contar una pequeña historia sobre el amor, sobre la amistad, sobre la vida. Leedla despacio, sin prisa, deteniéndoos cuantas veces sea necesario. Pensad, recordad, sentid... Dejad que vuestro corazón viva esta historia como si fuese vuestra.

      Hay personas que vienen a este mundo para cambiarlo, y si no es para cambiarlo por completo, al menos cambian todo aquello que las rodea. ¿Cómo reconocer a estas personas? Es muy sencillo. La primera vez que tienes contacto con ellas algo cambia en tu ser, en tu alma, en tu corazón, pero no sabrías decir a qué es debido. Y una de esas personas se llama Ana.

      • Ana se cruzó en su vida cuando eran muy jóvenes, y pese a la diferencia de edad, -cuatro años- encajaron muy bien la una con el otro y viceversa. Tal vez fuera porque él parecía dos años menor de lo que era, y Ana parecía dos años mayor de lo que era. La madurez que demostraba la chica no era propia de las adolescentes de su edad, y, sin embargo, bastaba unos segundos de conversación para percatarse de que era muy inteligente, muy decidida, y, ante todo, bondad sin reparos. El chico tardó un par de minutos en darse cuenta de que aquella muchacha de cabellos rubios, ondulados como las dunas de Cabo de Gata, de ojos pequeños y color miel, de cuerpo grácil y hermoso, y de sonrisa permanente era la mujer perfecta. Tal vez no para él, pero sí perfecta.

      En Ana encontró su complemento perfecto; su alma gemela, la pieza que faltaba en su ser. Su confidente fiel, su hombro para llorar, su risa para compartir, sus sueños por contar. Ella le enseñó a ser fiel, le mostró las satisfacciones que daba el hacer el bien, el ser positivo, en ayudar sin esperar nada a cambio. Ana dio valor a las palabras humildad, sinceridad, optimismo, felicidad.

      • —¿Cuál es tu sueño? —le preguntó Ana una vez.
      • —Me gustaría ser feliz siempre —le contestó terminando la frase con una sonora carcajada.
      • —¿Y qué necesitas para conseguirlo?
      • —No lo sé.
      • —Escúchame. Ahora no pienses, cierra los ojos, olvídate de todo, no pienses en nada. Deja que tu alma te susurre. ¿Qué te gustaría hacer de verdad? ¿Qué sueño te gustaría ver cumplido alguna vez?
      • —Me gustaría ser escritor. Vivir de lo que mis dedos sean capaces de escribir en una hoja. Escribir tantos libros como me sea posible antes de morirme—se sorprendió de su propia respuesta, no esperaba decir algo así.
      • —¿No dijiste que solo era un hobby?
      • —Y así es. No me hagas caso. Ya sabes que solo escribo tonterías.
      • —Es verdad, pero te vuelvo a repetir lo que te he dicho más de una vez. Poeta más malo no he visto, pero que escriba tan bonito tampoco.
      • —Muy graciosa, sí, muy graciosa—le contestaba mientras la miraba fijamente. En realidad, para ser feliz lo único que necesitaba era a ella en su vida.
      • —Hagamos una cosa. Escribirás un libro. Y me lo dedicarás a mí. Y si te gusta, seguirás escribiendo hasta que seas un viejecito gruñón e insoportable, ¿vale?
      • —No digas más tonterías, anda—reía la ocurrencia de Ana, al menos hasta que la miró de nuevo y la vio con gesto serio.
      • —Lo digo en serio. Y quiero que me des tu palabra.
      • Déjate de chorradas. No tengo tiempo para ponerme a escribir libros.
      • No te he dicho que lo hagas ya, tienes todo el tiempo que necesites. ¿Prometido?

      • La miró fijamente. El ceño fruncido y sus morritos de pez cumplieron su cometido y arrancaron una sonrisa del chico. Una sonrisa y algo más.
      • —Vale. Te doy mi palabra.

    No dijeron más, se tumbaron en la hierba y, sonriendo, se quedaron mirando al cielo.

    Tan solo dos capítulos había escrito en el último mes. Por unas razones u otras cada vez se veían menos. Ana estaba concentrada en sus estudios, estaba a unos cuantos meses de hacer la selectividad y entrar en la universidad. Él compaginaba la carrera con el trabajo en el pub. Los horarios no les permitían verse apenas.

    Hasta el cuatro de abril. Ella insistió en que necesitaba verle para contarle una cosa. Él se saltó la clase de Geografía. Quedaron en el parque. Él la vio diferente, algo cambiada, como más apagada, pero su enorme sonrisa seguía siendo la misma.

    • —Te noto como algo cansada, ¿qué es eso que tenías que contarme?
    • —No es cansancio. Estoy enferma, Izan.
    • —Ya te he dicho muchas veces que no es bueno estudiar tanto, hay que tomar aire fresco de vez en cuando.
    • —Me han diagnosticado una leucemia.

    El corazón del chico se encogió como si una mano invisible lo apretujase hasta casi hacerlo detener. Y sin embargo, la miraba y su sonrisa lo desconcertaba.

    • —No te preocupes, seguro que te curas, hoy en día la medicina está muy adelantada. -No quería parecer preocupado, pero estaba convencido de no conseguirlo.
    • —Esta vez no puedo ganar.
    • —No digas eso. No quiero que digas eso. No.
    • —Tengo que decírtelo, Izan. No sé el tiempo que me queda, pero no pudo ganar esta batalla.—¡No me digas eso, Ana! Quimio, radioterapia, medicinas. ¡Hay muchas cosas para luchar!
    • —Esta vez no. El tipo de leucemia que tengo es el más agresivo. La quimio solo retrasaría lo inevitable, las medicinas son paliativas y el trasplante es muy complicado porque soy hija única.
    • —No...
    • —No voy a optar por la quimio, lo que tenga que vivir lo viviré lo más normal que pueda.
    • —¿Te rindes? ¿No piensas luchar?
    • —Pienso vivir lo mejor que pueda el tiempo que pueda.
    • —Ana... por favor...
    • —Solo apóyame. No te pido más. Sigue a mi lado como siempre. Nada más.

El chico agachó la cabeza, no dijo nada, solamente asintió con la cabeza.

Dieciséis de junio. El verano ya está cerca, los días comienzan a ser calurosos, pero aún refresca por las noches. Es casi la una de la madrugada, los chicos bajan lentamente por la estrecha vereda, ayudados por una pequeña linterna. A él le preocupa más el regreso, la cuesta se hará larga y difícil, y Ana está muy débil esa noche. Esa y todas las noches, y casi todos los días ya. La vereda termina en un gran anchurón. Apaga la linterna, ya no hace falta, el tramo complicado se ha terminado y, a partir de ahí, la luz de la luna es suficiente. A medida que van caminando hacia su destino, parece verse más, es como si del cielo hubieran borrado las nubes dejando solo las estrellas. El agua del mar refleja la luna y sus compañeras como si de un espejo gigante se tratase. La playa de los Muertos es impresionante de madrugada.

  • —¿Estás segura?
  • —Nunca he estado tan segura de algo en toda mi vida.

Los chicos se quitaron la ropa y entraron lentamente en el agua. Estaba fría, muy fría, pero siguieron mar adentro hasta que ya no hicieron pie. No era difícil mantenerse a flote, con movimientos suaves de brazos y piernas era suficiente.

Estaban frente a frente, sintiendo que la baja temperatura del agua envolvía sus cuerpos, y sonreían. En aquel momento no existía nada más en el mundo, solo el silencio de la noche, el suave rumor del agua acariciando sus cuerpos, la tristeza de las olas al romperse en la orilla y la respiración de sus cuerpos.

Ana se acercó al chico y lo abrazó. Él notó que estaba exhausta, el cansancio se hacía evidente. Iba a decirle de salir, pero Ana se adelantó a sus palabras.

  • —Gracias por cumplir este sueño antes de no poder hacerlo.
  • —Preferiría no tener que haberlo hecho.

Diecinueve de Agosto. Entró en la habitación apresurado, pero sin hacer ruido. Era la 409. Allí estaba ella, recostada en la cama. Observó que ya no tenía ninguna vía intravenosa, ni la botella de suero. Ni tan siquiera tenía la máquina que le había estado administrando las dosis de morfina a medida que las iba necesitando.

Estaba claro. No había vuelta atrás. El momento del final estaba cerca, muy cerca. Y él no pudo hacer nada, ni su desesperado intento de conseguir un milagro en forma de trasplante había funcionado. De nada sirvió su donación.

Se acercó lentamente a la cama. Ana parecía dormida. Permanecía con los ojos cerrados y su respiración era tan débil que apenas se hacía oír entre tanto silencio.

Tomó la silla y la acercó a la cama. Apesadumbrado, se sentó en ella y, en ese instante, Ana abrió los ojos y lo miró con una sonrisa forzada.

  • —Te estaba esperando—dijo.
  • —Perdona, he salido tarde del pub y me he entretenido un poco en casa—le contestó él—. ¿Cómo te encuentras?
  • —Dios. Cómo te voy a echar de menos—dijo Ana, con su voz melosa, mientras lo miraba fijamente y esbozaba a la vez una pícara sonrisa. Él la miraba de forma casi perdida, le costaba un mundo mantenerle la mirada, pero lo conseguía a duras penas. Lo que no pudo reprimir fue que sus ojos se fuesen llenando lentamente de lágrimas, hasta que se desbordaron, y una de ellas comenzó a resbalarle por la mejilla. Hubiese caído hasta abajo si la mano de Ana no se hubiese interpuesto en su descenso. Y entonces él se rindió y bajó la mirada, diciéndose para sus adentros: «yo sí que te voy a echar de menos». Hizo ademán de mover su boca para decir unas palabras, pero Ana puso su dedo índice en sus labios y lo detuvo.
  • —No digas nada, ya sé lo que vas a decirme, así que no digas nada.

Y se quedaron en silencio. Ana lo miraba atenta, y sonreía como si quisiera con ello contagiarle de buenas vibraciones; pero este permanecía con la cabeza agachada, con la vista fija en las patas de la silla y en sus zapatos. No sabía o no quería decir nada.

  • —No me ha dado tiempo a escribir tu novela -dijo al final.
  • —Tienes toda una vida para cumplir tu promesa...—le dijo Ana muy bajito, como si ya no tuviera fuerzas para sacar el aire de sus pulmones.

La que se iba era ella, pero parecía que como si fuese al contrario. Hacía comentarios que solo dicen los que se quedan. Los que se van para no volver no dicen esas cosas, únicamente se van y no vuelven.

En cambio, para Ana era como si nos fuésemos todos y nos deseara un feliz viaje. Ella era así. Sin más.

Su punto de vista enfadaba con frecuencia al muchacho. No podía entenderlo, si le pasara a él seguro que no lo llevaría de la misma forma.

No iba a decir nada, se quedaría callado. Total, no sabía ni qué decir, no sabía ni cómo actuar. Todo esto le sobrepasaba, no se lo podía creer, era como si no estuviera pasando. Miraba a Ana fijamente, y parecía que ella no se daba cuenta.

Si ella supiera que su vida ya no tendría sentido sin ella, que no tenía ninguna voluntad de seguir viviendo, que prefería irse con ella a quedarse en este mundo para vivir una vida vacía... Era mejor que no lo supiera.

Comenzó a sonar una canción en algún lugar. No sabía qué canción era, y no lo sabría hasta días después. Hallelujah...

Ana abrió los ojos un poco y lo miró. La tristeza lo estaba consumiendo a pasos forzados.

  • —Izan.
  • —Dime, Ana.
  • —Necesito otra promesa tuya. La última.
  • —No quiero más promesas. No me hagas esto.
  • —Siempre cumples tus promesas... Solo una más.
  • —Dime.
  • —Prométeme... que seguirás viviendo...
  • —Ana... yo...
  • —Por favor...

Con todo el dolor de su corazón, con toda la rabia que se acumulaba en su alma, con toda la impotencia que teñía su ser, entre lágrimas contestó:

  • —Te lo prometo.
  • —Izan...
  • —Dime.
  • —Sé feliz... porque sólo tú te lo mereces.

El chico apretó con fuerza la mano de Ana, sus ojos se cerraron lentamente y su sonrisa se apagó, dejando a oscuras su corazón y su alma. Era la 01:19.

No fue sencillo cumplir esa última promesa, pero a día de hoy sigue cumpliéndola.

La primera promesa se cumplirá muy pronto. Más tarde de lo deseado, ojalá hubiera dado tiempo en cuatro meses, pero no pudo ser. No todos los deseos se pueden cumplir.

El primer ejemplar no será para ti, pero irá a tus padres.

Algo me dice que podrás leerlo, donde sea y como sea.

Promesa cumplida.

Para Ana.

Porque te prometí el primero.

(Dedicatoria de El reloj).

Fran Cazorla


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