En los tiempos del esparto
Recuerdos de infancia

En los tiempos del esparto

Recuerdos de infancia.


       Soy miembro de la Asociación Literaria y Cultural Letras de Esparto, y me considero uno de los culpables de que la misma se denomine tal cual.

       Hablemos del esparto, esa planta (o tochera, como se dice en muchos sitios) perteneciente a la familia de las gramíneas, y que tan arraigada está en Almería, o al menos lo estuvo en un pasado no muy lejano; tanto que a esta tierra se la identificaba por dicha planta (a veces incluso de forma peyorativa con aquello de legañosos), y que fue uno de los motores de nuestra economía.

       Pero no quiero hablar de economía, ni de artesanía o de motes despectivos. Prefiero centrarme en lo que el esparto significó para una buena parte de mi generación, esa quinta que nació en torno a la Constitución del 78 y que disfrutó su infancia en las zonas rurales de la provincia.

       A veces lo he comentado, y quien me conoce sabe que siempre lo cuento con orgullo y satisfacción. He vivido mi infancia a caballo entre dos generaciones, la pre y la post Constitución; y dos formas de vida, la de campo y la de la ciudad.

       Soy de esas personas que llegaron a vivir los últimos coletazos de la siega a hoz, la trilla, las romanas, los celemines y los jarpiles, la recogida de tomillo y tápana, de la labranza con un arado tirado por mulos, y de herrar a las bestias.

       En aquellos tiempos el esparto aún estaba muy presente en los quehaceres del día a día, en nuestros juegos, en casi todo había algo de esparto. A muchos no les sonará de nada (si son jóvenes, menos aún), pero todo se ataba con sogas, los niños con un par de ellas y una espuerta, nos hacíamos un mejeretero y a jugar. De esparto eran las albardas de los mulos en las que se colocaban los cántaros para ir a por agua, aún se usaban esparteñas para calzar los pies, las garrafas se forraban de esparto para mantener fresquita el agua, y los costureros, cachuleros, paneros y paneras, todo hecho de esparto, formaban parte del mobiliario doméstico. Era un material duradero, fiable y barato.

      Lo cierto es que fueron buenos tiempos, al menos para los que entonces éramos niños. Aprendimos lo que significa el esfuerzo del trabajo, la importancia de lo que da la tierra, no pedíamos mucho porque necesitábamos poco para jugar y ser felices: a menudo una piedra, un palo (no de selfies, sino de retama); un pequeño cochecito, una muñeca o un playmobil, nos bastaba para imaginar mil aventuras. Jugábamos en la calle, saltábamos balates, corríamos las ramblas, nos bañábamos en balsas y pozancos, y hacíamos cabañas con cañas y sogas. Eso fue infancia (y no, no soy tan mayor como pueden estar pensando)

      Recuerdo con cariño aquella etapa de mi vida.

      Los tiempos del esparto, para mí, fueron felices.

Fran Cazorla, escritor.