Cruce de caminos
Un relato del libro "Letras para el Camino"

Cruce de caminos

"Letras para el camino"

A finales de 2016, la Asociación Letras de Esparto, a la que me siento enormemente orgulloso de pertenecer, sacó su primera antología de relatos: "Letras para el Camino", un libro cargado de historias que hablaban de mucho más de lo que sus letras decían; un libro que fue donado a la Asociación Mozárabe de Almería. Mi humilde colaboración fue con este pequeño relato. Lo comparto con vosotros, y os animo a descubrir el resto de historias que encierra este libro...

"Cruce de caminos"

PARA ÉL, era la undécima; para ella, la primera vez.

* * *

       Juanlu llevaba ya veintisiete días caminando, y como en tantas otras ocasiones, hacer el camino era una auténtica delicia no sólo para sus sentidos, también para su alma. La primera vez que sus padres lo invitaron a acompañarles, les dijo que no, y también la segunda e incluso una tercera, pero al final se decidió a complacer a sus progenitores, únicamente por poderles decir que les hacía un favor, pero no tardó en darse cuenta que fue al contrario. Llegó al albergue cuando ya era noche cerrada. Le gustaba caminar en la oscuridad aunque sabía que no era buena idea.

* * *

       Marina hacía apenas tres días que comenzó el camino con dos de sus tres mejores amigas. Era algo que desde muy pequeñas decían una y otra vez que harían, y por fin se habían decidido. No es que fuese algo que le entusiasmara, pero por alguna extraña razón, sentía por dentro que debía hacerlo. Entraron por la puerta del albergue un poco antes de ponerse el sol; estaban cansadas, pero muy satisfechas consigo mismas.

* * *

       Ella sabía que aquel hombre no estaba cuando llegaron al albergue, ni tan siquiera recordaba haberlo visto pasear por las calles del pueblo, y tampoco se hubiera percatado de su presencia si cuando se metió en la cama no lo hubiera visto acercarse a la ventana con una silla y sentarse bajo la tenue luz que la farola enviaba a través del cristal. Se preguntó qué diablos hacía a esas horas, cuando casi todo el mundo descansaba; como una curiosa permaneció con los ojos bien abiertos hasta que aquel individuo hizo su siguiente movimiento: sacó un trozo de madera del tamaño de un puño y una navaja que abrió de forma lenta como si fuese un ritual zen.

       La afilada hoja se deslizaba por la madera dejando atrás pequeñas virutas que caían al suelo. Giraba y giraba mientras iba cogiendo la forma que parecía esconderse en su interior y que sólo aquel hombre era capaz de ver. No muchos minutos después, se dedicaba a dar los últimos retoques, las pinceladas que incidían en los detalles. Aquella diminuta obra de arte estaba terminada. Desde allí no podía verla con claridad, pero habría jurado que se trataba de un bonito caballo de madera. Se quedó dormida pensando en Troya.

* * *

       Juanlu cogió el papel de lija y lo pasó repetidas veces por toda la superficie. Su tacto era ya tan suave que si cerraba los ojos sentía estar acariciando la mismísima crin del caballo. Volvió a mirar de reojo hacia su inesperada observadora y se la encontró con los ojos cerrados y una bonita sonrisa en su rostro. Diríase que el sueño que tenía debía ser hermoso.

       Cerró la navaja y la guardó en su bolsillo junto a la figurita de madera; después recogió las virutas del suelo y las echó en la papelera. Se dirigió entonces al otro lado del barracón, y al pasar al lado de la litera de la muchacha, la tapó con una manta teniendo cuidado de no despertarla. En apenas unas horas retomaría su camino.

* * *

       Marina despertó e instintivamente miró hacia la ventana. El misterioso artesano ya no estaba, y pese a que entendía que era lo más normal, no podía evitar sentirse algo triste al no verle. No lo vio en el barracón, no lo encontró durante el desayuno, ni por los alrededores. Ya se había marchado, pero ellas aún se quedarían un par de días más hasta reunirse con la cuarta amiga.

       Al tercer día partían a primera hora. Marina, como siempre, era la última en dejar el barracón, y como siempre hacía desde que comenzó el camino, pasó por el rinconcito de los suvenires para llevarse algo de recuerdo. No necesitó mucho tiempo para encontrar algo, ni se devanó en elegir entre varios objetos. Lo tuvo muy claro al instante: el caballo de madera.

* * *

       Pese al cansancio que sentía aquella noche, buscó el abrigo de una buena luz, y la encontró al lado de la chimenea. Esperó a que el silencio se adueñara de todo para sacar un pedazo de madera y su navaja. Durante un buen rato fue dándole forma, suave, sin prisas, recreándose en los detalles, en cada curva, muesca a muesca, hasta que un gato fue apareciendo. Tras el lijado final, como en la anterior figura, grabó una letra: S.

* * *

       Llovía a cántaros y el frío les calaba hasta los huesos. Nada más entrar en el albergue se dirigieron con rapidez hacia la chimenea en busca del calor que despedían las llamas. El camino había sido duro por culpa de las condiciones atmosféricas, pero en su interior se sentían satisfechas porque no se rindieron, habían continuado paso a paso entre risas y ánimos. Ni los varios resbalones que dieron con Marina en el suelo pudieron con su entrega.

       Hubieran pasado la noche junto a la chimenea si no fuese porque la cama parecía llamarlas con demasiada insistencia, y bien cierto era que sus cuerpos necesitaban un descanso reparador para poder afrontar la siguiente etapa.

       Por la mañana Marina buscaba algo que llevarse como recuerdo entre la multitud de colgantes, pulseras, broches, llaveros y figuritas de cristal y piedra que había en el mostrador. Ningún objeto le atraía en demasía hasta que entre un montoncito de llaveros vio un pequeño gato de madera que le resultó familiar. Su tacto le recordó al caballito, y éste también llevaba grabada una letra. Era de él, estaba completamente segura.

* * *

       Juanlu no sabía cuál sería la ventaja que les había sacado ya a las chicas, pero cada día que pasaba sentía más y más curiosidad. Se preguntaba si siguieron el mismo camino que él, si no habrían abandonado, si aquella bonita muchacha habría ido recogiendo sus figuras. A veces le daba por pensar que tal vez debió tragarse su timidez y haberle dicho algo esa misma noche, o haber esperado que despertase a la mañana siguiente. Pero no lo hizo y ahora las dudas lo carcomían.

       Tomó la decisión de hacer un alto en el camino y esperar unos días en aquel lugar que tanto le gustaba. El destino y la magia del camino obrarían lo que tendría que pasar o dejar de pasar.

* * *

       La conversación durante la mayor parte del camino se había centrado en aquel artesano de figuras que parecía hacerlas y dejarlas a posta para que Marina se las llevase. Imaginaban historias de todo tipo, motivos algunos creíbles y otros inverosímiles, pero Marina en su interior seguía pensando que sí eran para ella.

       Cuando se fueron a dormir y el silencio se apoderó de todo el lugar, sacó su bolsa de tela y vació su contenido en la cama. Ya tenía diez figuras de madera. Un caballo, un gato, un perro, un delfín, una perdiz, un toro, una jirafa, un oso, un león y una cebra. Y cada animal con una letra grabada, y ella sabía que aquello tenía que significar algo: tenía tres Q, dos S, una H, una P, una Y, una T y una D. Estaba convencida de que eran el comienzo de una palabra, y que si las averiguaba en el orden en que se las había ido dejando, encontraría una frase para ella. Su corazón así se lo decía.

Q S H P Q Y T Q S D

* * *

       Era ya la última pieza. Le dedicó algo más de tiempo que a las anteriores. Juanlu puso toda su alma en aquella figura, quería que fuese perfecta, no podía tener ninguna imperfección, y ya sólo tendría que esperar.

       Por las mañanas salía a pasear por el pueblo, por los alrededores, a charlar con los vecinos y caminantes, y por las tardes volvía al albergue para esperarla. Los días fueron pasando y ella no aparecía. Tras varios días de desilusión, tomó la decisión de retomar el camino a la mañana siguiente. Ya nada le conminaba a continuar la espera.

* * *

       Las chicas llegaron ya entrada la noche. Era el pueblo de Itziar y esa noche no dormirían en el albergue. La casa familiar acogió a las chicas aquella noche, y ya fuese por el cansancio o porque ya estaba acostumbrada a los albergues, Marina apenas pudo pegar ojo. O tal vez fue otra la razón de su insomnio...

       Fue la primera en levantarse y no esperó ni a sus amigas; algo le empujaba a ir con prisa al albergue. Buscó entre todos los peregrinos pero no le encontró. Su corazonada le falló, pero al menos, como siempre, se llevaría su recuerdo. Se acercó al mostrador de los souvenirs y comenzó a buscar, pero no encontró nada. Desesperada le preguntó a la vendedora por alguna figura de madera que hubiera dejado un muchacho, un animal tallado a mano.

       —Nadie me ha dejado ninguna figura de madera, muchacha—le contestó la anciana con mucha ternura-. Pero...

       —¿Pero?—el corazón de Marina se aceleró.

       —Un joven muy guapo me ha dejado esta mañana una nota, y me ha dicho que se la entregue a la muchacha que pregunte por una figura de madera—la anciana mostró una gran sonrisa de satisfacción—. Y esa eres tú.

* * *

Hola, mi desconocida peregrina.

       He hecho el camino innumerables veces, y siempre he vivido sensaciones de todo tipo, he vivido experiencias que me han hecho ver la vida de otra manera, pero esta vez está siendo diferente, y lo está siendo por ti, porque estoy sintiendo algo que en ningún otro camino lo he sentido. Llámame loco, pirado, chalado o lo que mejor te parezca, pero en este camino he encontrado el amor.

       No sé si has seguido el mismo camino que yo, ni si has ido recogiendo mis mensajes, ni si has estado pensando en mí las mismas veces que yo he hecho contigo, pero sólo deseo que en algún momento de la vida nuestros caminos se encuentren de nuevo.

       Te he esperado unos días aquí, en este pueblo que para mí es mágico, pero me marcho ya. Sólo decirte que la última pieza la encontrarás bajo el puente de la rabia, junto a Santa Quiteria, y con ella la solución al enigma de las letras.

       Siempre tuyo: tu admirador peregrino.

* * *

      —¿Hace mucho que se fue?—Marina preguntó acelerada a la anciana—. ¿Dónde está el puente?

      —En aquella dirección, joven-le indicó con el dedo—. Si te das prisa, lo alcanzas...

      No se entretuvo ni en despedirse ni en dar las gracias, salió disparada en dirección al lugar que le habían señalado. En apenas unos minutos llegó al puente. Se detuvo en mitad de éste, apoyó las manos en sus rodillas para recuperar el aliento. No había nadie allí, pero escuchó algo debajo. Le parecieron unas pisadas sobre las hojas.

       Se asomó con cuidado al borde del puente y una sonrisa se le escapó. Allí estaba su artesano, junto a la base del pilar, dejando algo en un hueco de la mampostería.

* * *

       Cuando Juanlu se volvió se topó de frente con Marina. Ella lo miraba con los ojos muy abiertos y con una sonrisa que desbordaba alegría. No pudo evitar devolverle la sonrisa y abrazarla con fuerza durante unos segundos. Al poco ya estaban sacando del pilar una cajita de madera con la última pieza y una nota. Era un corazón perfectamente tallado, y llevaba grabado la letra R. En la nota venía escrita una frase, y resaltadas, las primeras letras de cada palabra:

Quiéreme sin hacer preguntas, que yo te querré sin dar respuestas

* * *

      Y así termina esta historia, en uno de tantos caminos, porque algunas veces los cruces de caminos terminan en un beso.

                                                                                                                             Fran Cazorla

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